La asociación Custodios de la Quinta presentó anoche en la Quinta Los Ombúes, Adrián Beccar Varela 774, San Isidro, el libro Todos mis nombres, de Mónica Dawidowicz, vecina de San Isidro y sobreviviente del Holocausto. Un libro conmovedor sobre sus días en el sótano de la casa del gueto Jaludna, en Lida, Polonia (actual Bielorrusia), cuando sus padres la abandonan con sólo siete meses para salvarla del nazismo, su periplo por Suecia y Uruguay, la llegada a San Isidro, la búsqueda de su verdadera identidad y la mirada esperanzadora, sin odios.

En el patio del museo, colmado de público, Dawidowicz comentó que no sabe con precisión su fecha de su nacimiento. Sí sabe que fue en septiembre de 1941. Su primer recuerdo data de los seis años, cuando llegó a Uruguay tras un largo periplo iniciado en el horror. A los 22 comenzó a reconstruir su pasado en la voz de su hermana, Ester, una de las pocas sobrevivientes de su familia. Hurgó en documentos y fotos, y ahí está, como dice en su libro, aferrándose al borde que le ofrece la escritura para encontrar la palabra que la ayude a descifrar mi destino, y recordando que en el Holocausto hubo perpetradores y víctimas, y también una gran masa de peligrosos indiferentes.

“Quería dejar mi testimonio escrito para honrar la vida y la memoria, para alzar la voz contra todo tipo de discriminación. Cuando doy testimonio muchos me preguntan, ¿odias a los nazis? Yo respondo, el odio se los dejo a ellos. Es una actitud que marco mi vida y me abre la posibilidad de seguir creyendo en el hombre”, dijo la escritora.

Del acto, Del Guetto de Lida a San Isidro, 1941-1947, que formó parte del ciclo “Soy de San Isidro, y…”, la primera actividad de la mencionada asociación conformada para apuntalar, organizar y difundir las actividades del museo, también participó el abogado constitucionalista Daniel Sabsay, quien dijo estar frente a un pequeño gran libro, como El lazarillo de Tormes o Carta al padre, de Kafka, rescató la capacidad de la autora para describir con pinceladas el contexto histórico y social de aquellos años, su fortaleza como sobreviviente, la ausencia de odio en el relato y el mensaje de amor que “nos lleva a todos a decir gracias a la vida”.

La subsecretaria general de Cultura de San Isidro, Eleonora Jaureguiberry, pronunció los nombres que tuvo la autora a lo largo de su vida, Rogelia, Irina, Raquel, Mónica. También el de su marido, sus hijos, sus padres sanguíneos y adoptivos, sus nietos, sus patrias y lenguas. “Mónica describe el horror en forma anónima, en su libro no aparece un solo nombre de un nazi. Sin embargo, en esas páginas es renombrada por los que la ayudaron y protegieron. De algún modo, Mónica nos recuerda con su relato cuál es el verdadero sentido de la vida”, sostuvo la funcionaria, que conmovió a todos cuando leyó tres páginas en voz alta.

Páginas que refieren a cuando es abandonada por sus padres en una cama y envuelta en una frazada. Abandonada para salvarla del horror. Invierno en Polonia. Gorrito, mitones, lana en el cuerpo. Mi madre me habrá arrebujado con todo el abrigo que encontró para dejarme ir. Mi padre se encargó de ubicarme en el lecho, ¿qué dolor le habrá desgarrado en el instante del abandono?…

En otro párrafo, me descubren (los nazis) y ríen. Ríen a lo bestia y yo lloro…, y más interrogantes, ¿el gigante nazi no se animó a matarme y me dejó allí para que muriera congelada?…, y también la esperanza que la mantuve en pie: Ahora que soy madre y abuela le canto (a esa beba que fue) en irish, la lengua de los míos, abrigando su desnudez con el amor que recibí de quienes se fueron y de quienes llegaron después a mi vida para hacerme todo lo feliz que soy.