En Primera Persona: especialista en la conservación de edificios patrimoniales y del reloj de la catedral

Todas las semanas, Juan José Briozzo tiene una cita ineludible en la catedral de San Isidro. Allí, en lo alto de la torre, este ingeniero recibido en la UBA, que hizo la primaria y la secundaria en el Colegio Santa Isabel, se dedica a darle cuerda al antiquísimo reloj de 1902 y a controlar que todo ese mecanismo antiquísimo de contrapesos funcione a la perfección. Apasionado por la restauración, Juanjo, como se lo conoce, también se encarga del mantenimiento de los edificios de patrimonio histórico y arquitectónico de la Municipalidad de San Isidro, como el antiguo Palacio de Gobierno, la Casa Museo Alfaro y los museos Pueyrredón y Beccar Varela. De 61 años, está casado, tiene tres hijos, dos nietos, y una intensa tarea social y en el ámbito de la Iglesia, donde presidió el Consejo de Pastoral y trabaja en el Consejo de Asuntos Económicos de la catedral.

“Las casas que albergan a los museos municipales son parte del patrimonio de San Isidro y de la Humanidad, y nos acercan muchísima información no sólo desde el punto de vista cultural, histórico y arquitectónico, sino también social. Nos hablan sobre las costumbres y cómo se vivía en esos tiempos. Sin duda, San Isidro no sería lo que es si esas edificaciones no estuvieran en pie. Las heredamos y es nuestra obligación legarlas a las futuras generaciones del mejor modo”, afirma este vecino de toda la vida de San Isidro, que también trabajó en la conservación de otras valiosas construcciones del casco histórico local, como la Casa Parroquial de Anchorena, el Centro Cultural El Árbol y la Biblioteca Popular Juan Martín de Pueyrredón, además de la Iglesia de Nuestra Señora de Aránzazu, en el centro de la ciudad de San Fernando.

Ad honorem para los proyectos de la Iglesia y de necesidad social, y al costo para los proyectos municipales. “Es así en respuesta a todo lo que recibí en forma gratuita, tanto de Dios como de la sociedad en su conjunto”, sostiene mientras se acomoda en la silla del Café de la Biblioteca, en el centro comercial de esta ciudad. Y sigue: “La clave en los edificios municipales patrimoniales es la prevención y el mantenimiento constante para así evitar tener que llegar a restauraciones muy profundas y traumáticas que nos llevarían a tener que reemplazar los elementos primitivos. Lo original es lo que marca el valor de esas construcciones”.

Patrimonio de San Isidro y del país, el Museo Pueyrredón es objeto de periódicas tareas de mantenimiento, sobre todo dirigidas a evitar el ingreso de humedad. Arreglos que se centran en la impermeabilización de los techos de vigas (de ladrillos de gran porte, tipo bovedilla y con varias capas de contra pisos arriba) y de las paredes, en la conservación de las aberturas y en trabajos de pintura, entre otros.

“Todo material pierde durabilidad y eficiencia al envejecer, y a los edificios les pasa lo mismo que a nosotros, en la medida que nos vamos poniendo viejos necesitamos más chequeos. Por eso, la consigna es estar siempre muy atentos. El edificio que alberga al museo Pueyrredón es del 1700 y sus fundaciones inevitablemente tienen movimientos. Toda la estructura es bastante permeable y su proximidad con el río hace que las napas estén muy cerca de la superficie. Para evitar que la humedad ingrese por los cimientos hace varios años instalamos en esa casa, y también en la catedral y en el Palacio Municipal antiguo, equipos electrónicos con patente alemana que a través de ondas cambian la polaridad a las moléculas de humedad que así, en lugar de ascender, descienden. Es maravilloso -sostiene el ingeniero-, una intervención no invasiva ni traumática, sin romper ni demoler”.

Pero Juanjo tiene otro cliente, la catedral, cuya piedra fundamental se colocó el 6 de octubre de 1895, que celebró su primera misa el 14 de mayo de 1898 y fue consagrado el 20 de octubre de 1906. Una iglesia que conoce como pocos, ya que integró la comisión presidida por el párroco Pbro. Pedro Oeyen, junto con los arquitectos Francisco Santa Coloma y Jorge Valera, dedicada al estudio y ejecución de su última y más importante restauración. Un trabajo ad honorem iniciado en 1999 con análisis técnicos y siguió con una obra enorme que fue de 2002 a 2010 y le devolvió a la catedral la expresión neogótica perdida en parte durante la restauración de 1965, cuando se demolieron sus ornamentos, pináculos, florones y balustradas. Una labor que repuso más de 400 elementos reconstruidos a partir de antiguas fotos, de los cuales muchos caben en la palma de una mano y otros pesan más de 3.000 kilos.

Así, uno de los mejores exponentes neogóticos del país volvió a su esplendor original gracias a la solidaridad de mucha gente que se comprometió con aportes económicos de distinta cuantía, desde colegios, clubes, instituciones, vecinos y empresarios (tanto locales como de otros distritos), además de la colaboración del propio gobierno municipal.

“San Isidro es uno de los pocos municipios del conurbano que tiene un casco histórico tan bien conservado. Es más, la mayoría ni siquiera tiene casco histórico. Es realmente un privilegio y mucho tiene que ver con eso que el municipio haya dictado las políticas y las normas necesarias para protegerlo”, dice el vigilador del reloj más famoso de la ciudad.

-¿Cómo llegaste a ocupar esa función?

-Yo tenía unos 23, 24 años, y ayudaba a mi tío que era electrotécnico y tenía una empresa de instrumentación. Cada vez que regresábamos del trabajo veíamos que el reloj muchas veces estaba detenido o fuera de hora. Así fue hasta que un día me dijo: Me voy a presentar para ver qué está pasando, lo acompañé y lo reparamos. Mi tío quedó como responsable y yo lo reemplazaba cuando él no podía hacerlo. Lo hacía por el gusto de colaborar, como ahora, sin pedir nada a cambio.

Hacerlo es darle cuerda una vez por semana, una tarea que Juan Carlos Tiebout, hermano de su mamá, realizó desde 1982 hasta que falleció, en 2016. Desde entonces, Juanjo tomó la posta y controla que las agujas no mientan.

“La energía del reloj está dada por dos contrapesos de 50 kilos cada uno, una para la campana y otro para el reloj, sostenidos por cables de acero que enrosco en un cilindro de ocho engranajes. Por su propio peso, esas pesas van descendiendo lentamente 10 metros haciendo girar el cilindro y dándole así energía a los mecanismos del reloj y de las campanas. Un sistema antiquísimo de enorme valor patrimonial ya que se conserva en forma totalmente original”.

Una maquinaria de 120 años que muy pocas veces dejó de funcionar y que necesita de ajustes, controles y de un baño periódico de aceite. Labor que Juanjo realiza delicadamente con un pincel para que las rústicas y fieles piezas no se desgasten en demasía. Casi sin probar el café, se entusiasma con la charla. La veta del ingeniero está a la vista y da detalles del mecanismo.

“Las pesas recorren esos diez metros en ocho días, bajan 1,20 metro por día. Es decir, tardan ocho días en tocar el piso de la planta. Si eso ocurriera, obviamente, el reloj se quedaría sin energía y se detendría. En una semana puede funcionar perfecto o tener un retraso o un adelanto de un minuto o a veces de segundos. Los materiales son sensibles a los cambios de temperatura y en un día de calor intenso todo se dilata e infinitesimalmente el péndulo se alarga y atrasa, y pasa a la inversa en los días muy fríos. Por eso –dice-, es una tarea que requiere del compromiso ineludible de ir una vez por semana”.

Conocimientos, paciencia y cierta cuota de energía para llegar a lo alto de la torre. En la primera planta, el coro, donde está el órgano. En la siguiente, siempre por una escalera circular, el piso que da acceso a los cielos rasos del templo. Ahí la escalera se hace cuadrada y conduce al territorio casi exclusivo de Juanjo. En total, 200 escalones para llegar al reloj y 20 más si quiere acceder al campanario. Por su parte, la cuerda de la campana del reloj, que requiere de 90 vueltas y que él hace en tres etapas de 30. Su rutina para recuperar energía y respiración. Una campana que engrasa periódicamente y un martillo que marca la hora dos veces: en la hora, con el número de campanazos correspondientes a cada hora, otra vez a los dos minutos, y una vez más en la media hora.

Pero hay otras campanas, las de al boleo. Las cuatro se tocan desde la planta superior al coro y en determinadas festividades, fueron construidas en Europa en aleación de bronce e instaladas en 1923, y la mayor pesa 1.800 kilos. “Están dedicadas al Santísimo Sacramento, a San Isidro Labrador, a Nuestra Señora del Carmen y a San José. Suenan muy bien –afirma Briozzo-, están perfectamente afinadas”.

Dos nuevos desafíos

Más allá de todas las tareas de conservación que se le han hecho a la catedral en los últimos diez años y de seguir a rajatabla con su protocolo de mantenimiento, Juanjo entiende que ya es momento de hacerle un lifting más profundo. “El municipio volverá a colaborar en la concreción de estos trabajos, pero necesitamos que la comunidad en su conjunto nos ayude y se comprometa”, dice entonado y se enfoca en otro sueño que lo desvela y para el que ya está trabajando: que vuelva a sonar (y del mejor modo) el órgano del templo. Y tiene fecha, la Navidad de 2020. Por lo pronto, ya consultó a especialistas, tiene cotizaciones e inició contactos con la Embajada de Francia, que se interesó en el asunto.

“Es un instrumento de 1906 y de la prestigiosísima marca francesa Arístide Cavaillé-Coll. Tiene 700 tubos y 30 registros. Un órgano de los que en el país no debe haber más de una docena, de los cuales muy pocos conservan, como el de la catedral, todos sus elementos originales”, afirma el hombre que todas las semanas sube los casi 70 metros de esa torre en punta que sintetiza la gran postal de San Isidro.

Desde allí, Briozzo tiene una vista única con sólo desajustar los cuadrantes del reloj, cuyos vidrios fueron reemplazados durante la restauración por vidrios laminados. “Es un mecanismo que instalamos por si surge algún desperfecto en la parte exterior del reloj, y que hace muy sencilla y rápida la remoción de los cuadrantes. Basta sacar dos tornillos para que se despliegue una vista hermosa. Desde lo alto y en 360°, el Bajo, el río, la ciudad. Maravilloso”.

-¿Qué se siente ahí arriba?

Juanjo dice que en Europa muchos campanarios patrimoniales fueron destruidos durante las guerras y que con el tiempo en varios edificios antiguos de nuestro país las campanas se automatizaron y pasaron a ser meros objetos decorativos. Y se le dibuja una sonrisa cuando afirma que es un privilegio que en San Isidro este reloj siga vivo. “Desde principios del siglo XX fue el único reloj del pueblo y hasta 1930, 1940, uno de los pocos. Además, la ciudad era baja y mucho menos ruidosa que la actual, con lo cual la torre se veía desde lejísimo y las campanas se escuchaban a mucha distancia… ¿Qué se siente?…”

A Juanjo se le humedece la mirada. Habla de una sensación increíble, difícil de describir. “Estoy solo en mi sillita y cuando en ese silencio le voy dando cuerda escucho claramente el clan, clan, clan de ese mecanismo antiquísimo que durante décadas le marcó las horas a todo un pueblo. Es una rutina que te hace tomar conciencia del paso del tiempo, un mantra que te conecta con la paciencia, el compromiso y el enorme esfuerzo sembrado en la esperanza de todo un pueblo que se decidió a levantar este templo”.