El evento, de 14 a 20, fue organizado por la Subsecretaría General de Cultura de San Isidro. Gratis

Medio centenar de talleres y espacios culturales abiertos de par en par y la consigna de siempre: recibir al público con obra colgada o en proceso y como sólo los artistas de este barrio saben hacerlo. Se fue Puertas del Bajo, que este fin de semana, de 14 a 20, y con acceso gratis, convocó a 200 artistas, entre dueños de casa e invitados, y a muchísima gente en torno de este clásico de la agenda anual de la Subsecretaría General de Cultura de San Isidro.

“Es un evento que habla muy bien de San Isidro, donde los artistas abren sus casas y talleres con generosidad y el convencimiento de que todo transcurrirá con tranquilidad y armonía, y en una zona que sigue creciendo en infraestructura, pero conservando su fuerte identidad barrial”, expresó el intendente de San Isidro, Gustavo Posse.

Habituado a recibir público en su polo gastronómico y en sus espacios verdes públicos, esta vez la nota distintiva fue de los artistas del barrio, distribuidos en una amplia franja costera donde la creatividad fluye irreverente todo el año.

“Felices porque se puso de relieve, una vez más, el enorme talento de nuestros artistas, que trabajan meses para recibir a un público que acepta con avidez esta invitación infrecuente, ingresar a esos espacios tan íntimos y casi sagrados donde los artistas problematizan y despliegan sus obras”, dijo Eleonora Jaureguiberry, subsecretaria general de Cultura del municipio.

Puertas sin llave (mejor dicho, abiertas) recibieron al público que observó obra colgada en una enorme variedad de disciplinas y también aprendió, ensayó e hizo lo suyo bajo la guía de los anfitriones. “Tengo máquina, pero nunca supe ni pude hacerlo bien”, se sinceró el arquitecto Sebastián Linder, de San Isidro, sin sacarse la máscara y en el taller de Wicha Mastronardi, que seguía de cerca cada punto dado con la soldadora eléctrica.

En lo de Daniel Herce, un sol (tal vez), colorido y de gran porte, invitaba a pasar desde la vereda, y en Estación Pasillo Julián Rovagnati sumergía al visitante en el mundo de los ciegos a través de un reciente e imperdible estudio fotográfico sobre los asistidos en el Instituto Román Rosell.

“Todas las personas preguntan por cómo trabajo y me encanta explicarlo, pero también rescato la energía que hay entre los artistas. Cada uno recibe en su taller, pero estamos todos unidos por un hilo común que fluye en un centro. Es maravilloso”, sostuvo Silvina Valderrama en El alma de los pájaros, su taller, entre pinturas, collages y decoupages.

En auto, a pie, en el trencito gratis que recorrió el barrio con 20 paradas estratégicas o en bici, como andaban Horacio Marín y Fernanda Huerga. “Yo soy de acá, pero para ella, que viene de Olivos, es todo nuevo”. “Me pareció una salida muy divertida. De verdad, una experiencia única”, aseguró Fernanda, con el mapa de todas las locaciones en el canasto de la bicicleta.

Y de una práctica de Cámaras Placeras, de la Casa de la Juventud local y en el Museo Beccar Varela, de la que se salía con una foto como las de antes, a reflexionar con el coche de bebe que en el Centro Cultura de la Ribera sostenía una torre de basura como parte de Constelación basura, formado por artistas del festival que llevan al arte su preocupación por el medio ambiente.

Un evento que disfrutó un público de todas las edades, con arte en atelieres, un club, una fundación y en un colegio (El San Juan El Precursor), que forró las grises gradas de su auditorio con los coloridos trabajos de sus alumnos. Y con  calles tomadas literalmente por caballetes y obras, como Camino de la Ribera, que al 200 y en el Taller de Donato exhibió obras de una veintena de artistas.

Ahí nomás, Magallanes tenía lo suyo. De las cerámicas, vinilos girando, tattoo y clases de coctelería en Cru-Da, donde a las 18 los músicos, como en otros espacios, iban despidiendo el evento, a la instalación en la vereda, lúdica y con material de descarte de Cali Bohl, que adentro exhibía su colorida obra.

Casas más allá, Claudio Curutchet recibía en su taller intimista, algo sombrío, de paredes de hormigón gris y entre acrílicos y tintas con figuras humanas incómodas, aprisionadas. “Un poco me cuesta, porque es mostrar lo íntimo, el lugar donde pasamos horas y horas, pero también me gusta y atrae”, dijo artista plástico, con muestras aquí y en el exterior, y también poeta, que no descarta que las letras salten, en algún momento, a sus pinturas. Textos escritos en planchas de telogopor, como El arte es interrogar la cordura, por descubrir en un rincón de su espacio (y de su alma).

+ Colaboraron con el evento Casan, Atelier, Pizzini y Ott Educación Superior

San Isidro, 2 de diciembre de 2019