En Primera Persona: el ganador del Premio Municipal de Literatura Manuel Mujica Láinez 2019

El 21 de octubre pasado, Diego Zarini llegó al Museo Beccar Varela sabiendo que estaba entre los diez finalistas del Premio Municipal de Literatura Manuel Mujica Láinez. Desconocía, claro, que una hora después su cuento Desde que se llevaron el río iba a llevarse el primer premio y que iba a estar charlando con Iosi Havilio y Julián López, jurados de esa edición, junto con Gabriela Cabezón Cámara, ausente con aviso, de su historia ficcional y algo de su historia verdadera en el coqueto jardín del museo.

Vamos primero por la segunda. Zarini nació en Tandil, en 1975, y su infancia transcurrió en una casa con una pequeña biblioteca, mérito de su padre y algo ecléctica, en la que convivían Israfel (Abelardo Castillo, en su primera edición), El retorno de los brujos (Louis Pauwels y Jacques Bergier) y La Bastarda (Violette Leduc), junto a Jesucristo murió de viejo (Holger Kersten). Luego, vivió su adolescencia en Balcarce y a los 18 años se mudó a Mar del Plata, donde reside actualmente junto a su compañera y sus dos hijos.

“El primer acercamiento sincero y profundo a la literatura, como lector, fue con dos libros editados por la editorial Columbia, que reunía gran parte de las historietas de la saga Nippur de Lagash, de Robin Wood y Lucho Olivera, publicadas hasta el momento. Perdí la memoria la cantidad de veces que los releí”, sostiene Diego, que en la adolescencia empezó a escribir poesía. “Por suerte, tuve la lucidez de deshacerme a tiempo de aquellos escritos. No era muy consciente de lo que hacía o por qué lo hacía, creo que era más por una necesidad expresiva, y ahí estaban las palabras, como un arma de juguete”.

Luego, en 1994, vino el mar. Mar del Plata, adonde pensaba estudiar Diseño Industrial, pero a los pocos meses terminó en la Escuela de Artes visuales Martin Malharro y en un taller de narrativa.

“Para la admisión había que presentar un escrito. Fue la primera vez que me senté a esbozar una especie de cuento o relato. La fortuna quiso que a pesar de las deficiencias de mi texto, me aceptaran en el taller. Digo fortuna porque el encargado del taller era el escritor Daniel Boggio, que falleció en 2011, un personaje mítico y entrañable de las letras marplatenses. Pero, sobre todo, un apasionado y obsesivo de la literatura. El taller duraba dos años, al comienzo éramos algo más de 30 inscriptos y a los dos meses ya quedaban menos de la mitad. Terminamos el taller 5 o 6 personas. Era de todo menos condescendiente con los textos, un crítico duro, inteligente y preciso. También tenía un excelente sentido del humor. Todo lo que sé de literatura se lo debo a él. También le debo –asegura Diego- mi pasión por William Faulkner”.

-¿Qué conceptos o sugerencias rescatas de aquel taller?

-Fueron una infinidad, pero dos se me vienen a la mente claramente. Una tiene que ver con el ritmo de la narración. Hay veces que el texto necesita respirar (también el lector) y en otras, cuando el argumento o determinada peripecia del personaje lo pida, hay que correrlo con un hacha en la mano. Pero hay otro concepto, para escribir un buen cuento no tenés que ser un genio, sino un artesano.

Zarini no recuerda exactamente cuál fue el primer cuento que escribió, que andará perdido en los vericuetos de su memoria. Pero sí sabe que a la par del taller literario, al que llegó sin haber escrito ni un párrafo en narrativa y con el único antecedente “de los bochornosos poemas adolescentes”, comenzó varios ejercicios literarios que derivaron en un puñado de cuentos, uno de ellos llamado La Cita, que fue elegido entre los finalistas del Concurso Nacional para jóvenes Narradores Haroldo Conti y publicado en dicha antología, en 1996. El resto de los cuentos los incluyó en un libro autogestionado que la Editorial Martin publicó en 2005 bajo el título El viejo o la obra del idiota: El viejo.

“Uno siempre tiene la ilusión de ser publicado algún día, pero no es algo que me condicione a la hora de sentarme a escribir, de ser así –asegura- no lo haría y buscaría una actividad más redituable, económicamente hablando.

-Escribir sin tener la certeza de ser publicado es todo un desafío, tal vez un constante pensar ¿no estaré perdiendo el tiempo con todo esto?

-Sí, por supuesto, es la más hermosa y a veces asfixiante forma de perder el tiempo.

En paralelo a su actividad literaria, Zarini administra los canales de venta virtual de una relojería muy conocida de Mar del Plata. Mucho antes y durante un par de años trabajó como vendedor en una cadena de librerías hasta que se le presentó la oportunidad de adquirir el fondo de comercio de una pequeña librería de usados. Era el verano 1999/2000.

“Hoy me pregunto cómo sobreviví a la crisis del 2001 vendiendo libros, creo que fue más por la solidaridad de amigos y familiares que por las ventas en sí. Tuve la librería abierta hasta mediados de 2005 y luego me dediqué a la venta de libros por Internet.  Me desvinculé del mundo “empresarial” (se ríe), cuando nació mi primer hijo. No hay libros que paguen la olla, me advirtió un amigo muy atinadamente. De esas épocas rescato el tiempo libre, a la espera de que entrara algún hipotético cliente, que utilizaba para escribir.

-¿Alguna rutina para escribir?… ¿De día, de noche, con música, con vino, con agua?

-No la tengo. Trato de hacerlo todos los días, una o dos horas, y sino hay nada nuevo en el horizonte me pongo a corregir. Escribo en cuadernos y dedico muchísimo más tiempo a la corrección que al hecho de escribir en sí. Soy bastante obsesivo en este punto. Como decía antes: No es necesario ser un genio para escribir un buen cuento, sino un artesano. El constante y metódico trabajo del artesano es lo que a la larga le da solidez a un texto.

-¿Cómo te enteraste del Mujica Láinez?

-Por las redes sociales. Nunca antes había mandado un cuento a ese concurso, pero sabía de su existencia y lo tenía dentro de los dos o tres premios más importantes de la Argentina. Suelo mandar material a pocos concursos y cuando lo hago intento que sean certámenes con determinado prestigio. Del Mujica Láinez, más allá del premio monetario, me convenció no solo la calidad del jurado en esa edición, sino también en las anteriores, y creo que lo que más me sedujo fue que los finalistas serían publicados en una antología por la editorial Notanpuan (este libro está impreso e iba a ser presentado en marza pasado en el marco de la feria Leer. Literatura en El Río, que fue cancelada por la pandemia). Tuve la satisfacción de leer dos de las antologías de años anteriores y la calidad y el nivel de los textos, en general, me pareció muy bueno y en muchos casos sin nada que envidiarle a escritores ya consagrados. Pero insisto, teniendo en cuenta el panorama complejo de la industria editorial de los últimos años el hecho de poder publicar no es un dato menor.

-¿Qué pensaste cuándo anunciaron al ganador?

-Como le comenté a Camila (Fabbri, coordinadora del premio) el día que me comunicó que estaba entre los finalistas, con la sola y sencilla razón de estar entre los diez seleccionados me daba por hecho. Obtener el primer premio creo que fue una exageración, no me lo esperaba. Una satisfacción enorme y un gran incentivo. De vez en cuando necesitamos de estas caricias para renovar la confianza en lo que estamos haciendo.

Bienvenidas caricias que también recibió en 2011, pero desde España, con su cuento Sobre el encogimiento del mundo, que resultó finalista en el premio Cosecha Eñe. Un texto editado en el número 28 de la mencionada revista, dedicado especialmente a ese concurso, que tuvo un condimento muy especial para él, ya que dentro de los 10 finalistas se encontraba Gracias, un cuento de Guillermo Saccomanno, nada menos. 

Pero volvamos a Desde que se llevaron el río, que habla de un hombre que en sus últimos días de vida llega a la que sería su casa de la infancia, en un ámbito rural y con la única presencia de una criada negra que lo atiende, para tratar de manotear los fantasmas de su pasado e intentar, en su desconcierto, darle cierto sentido a una derrota inminente. Un cuento que en el acto de premiación Havilio emparentó “con la tradición clásica del cuento argentino, muy profundo en lo literario y argumental, y donde lo telúrico aparece de manera tan urgente como acuciante”. Un cuento, además, de unos cuantos años y con varias versiones que hasta llegaron a coquetear con cierta arista fantástica.

-Hablando de cierta arista fantástica, ¿cómo te llevas con la cuarentena? ¿Surgió algún texto ficcional en estas semanas en la casa?

-Es clave lograr establecer cierta rutina, y si es rígida mejor, no sólo en la escritura, sino también en el orden doméstico, algo que nos salve de la impericia de ser nosotros mismos en éste encierro. En mi escritura trato de abocarme a la corrección de un cuento que comencé a mitad del año pasado. Pero cuesta. Es un vivir día a día, ya no se puede pensar a largo plazo, creo que nunca hubo tanta incertidumbre del futuro que nos espera, ya no solo como sociedad, sino como individuos representativos de una especie.

Zarini tiene una necesidad o un impulso que lo lleva a escribir obras un tanto extensas para el estereotipo del género. Como ejemplo vale el caso del libro que el año pasado presentó al concurso del Fondo Nacional de las Artes, cuyas bases hablaban de una extensión mínima de 100 páginas. Con sólo cinco cuentos superó esa medida.

-¿Parecería que la novela anda merodeando?

-No tengo pensado por el momento escribir una novela, quizá no he encontrado aún el texto que me indique que debo recorrer ese camino. Escribí una novela años atrás, eran como 300 páginas, un bodoque. La pasé por la procesadora de carne y me quedó un cuento, un mísero y pésimo cuento que tengo olvidado en un cajón.

+ El Premio Mujica Láinez es un concurso internacional, de inscripción gratuita, tanto presencial como vía digital, de tema libre y dirigido a cuentos de hasta diez páginas. La edición 2020 tendrá como jurado a Claudia Piñeiro, Rosario Bléfari y Hernán Ronsino, y la convocatoria estará abierta del 4 de mayo al 4 de julio. Más información AQUÍ