Artistas en cuarentena: ocho preguntas para conocer un poco más a nuestros creadores

De adolescente tuvo una banda punk, terminó la secundaria en el Colegio San Jorge y se tomó un avión. ¿Destino? Berklee College of Music, en Boston, una de las universidades de música más reconocidas del mundo. Pero Nico Sorín volvió al pago chico, a San Isidro (donde nació, se crió y vivió hasta los 17 años), tras vivir también en Los Ángeles y Nueva York, con la experiencia de haber formado el grupo Elbou, un trío de punk-rock potente, tres carreras de composición encima y la cabeza llena de música. Ya pisó los 41 y desde siempre transitó un camino artístico tan sinuoso como intenso y periférico, en el mejor sentido, en cuanto a no subirse a género alguno.

En 2018, en medio de un dilema existencial, le puso final a un proyecto que había liderado por cinco años, Octafonic, una deliciosa banda polifónica de jazz mutante o díscolo. Fue nominado a los premios Grammy latinos en cuatro oportunidades, las más de las veces en su rol de productor y arreglista de Miguel Bosé, en 2013 viajó a las Bases Esperanza y Marambio con un teclado chiquito, partituras, auriculares y una computadora de maquetación para nutrirse de ese paisaje blanco y comenzar a pergeñar el primer movimiento de la Sinfonía Antártica. Una obra que estrenó en el CCK con la participación de la orquesta Juan de Dios Filiberto y que requirió de un segundo viaje, pero a la base Carlini, para escribir el segundo movimiento.

Del punk a lo orquestal y del jazz al rupturismo, Sorín también dirigió a más de 60 músicos en la suite Argentum, que compuso junto a Nicolás Guerschberg y Gustavo Mozzi, e incluyó el primer movimiento de aquella sinfonía blanca, durante la gala musical del G20 en el Teatro Colón (2018). Además compuso la música de las películas Historias mínimas, El perro y otras, y está a la espera del estreno del film de Alejandro Massi (con quien había trabajado en Los que aman odian), un documental sobre la cineasta María Luisa Bemberg, al que le puso la banda de sonido.

Hoy, Nico transita un camino musical solista, más allá de algunos proyectos colectivos, que devino en LAIF, un álbum conceptual de canciones de estirpe rockera que juega con lo audiovisual. Así, se desenvuelve la vida artística de un músico que no conoce de monotonía y difícil de encasillar, que trabajó con Shakira, Alejandro Sanz, Juanes y Jovanotti, dirigió la London Session Orchestra, la Orquesta Sinfónica de México y la Henry Mancini Orchestra.

Claro que en octubre de 2019, Nico se dio un mimo en su pago, ante su gente y en los jardines del Museo Pueyrredón al subirse al escenario del festival San Isidro Jazz & Más, de la Subsecretaría General de Cultura de San Isidro. Esa noche de sábado aportó teclados y voz a Fernández 4, otros de los proyectos en los que está embarcado. Una banda disruptiva, intensa y sanamente incómoda, entre el R&B, el soul, la electrónica, el rock y el hip hop, pero con la instrumentación más ligada al jazz, que en 2015 sorprendió con su primer álbum, No Fear (Nominado Premios Gardel 2015), y se consolidó luego con Mute (Ganador del Premio Gardel 2017 al Mejor Álbum de Jazz).

En tanto, Nico atraviesa la ausencia musical presencial en su casa de Beccar junto a una embarazada Lula Bertoldi (voz y guitarra de Eruca Sativa), con quien espera la llegada de Mico, el segundo hijo de la pareja, y también junto a Julián, el primogénito, de cinco años, y nos habla de estos tiempos pandémicos, raros y, un poquito, de lo que vendrá.

-¿Fue prolífica la cuarentena en términos de producción artística o actuó como una especie de paralizante al momento de crear?

-Creo que al segundo día de cuarentena, más que para ser o sentirme productivo, me agarro una necesidad de iniciar un proyecto nuevo. Quizás fue mi manera de catalizar los miedos y las inseguridades, sobre todo al principio de la cuarentena, cuando nadie sabía bien qué iba a pasar y estábamos completamente bombardeados por la información. Appartamenti es, de alguna manera, la continuación de Laif, que marcó el comienzo de mi carrera solista. Fue una necesidad que tuve de empezar a contar mis propias historias, ahondar en algo más personal y dejar, tal vez, de esconderme, posiblemente por pudor, detrás de otros músicos o proyectos grupales. Cada una de las canciones de Appartamenti transcurren en distintos apartamentos de un mismo edificio y habla de las variadas sensaciones que estamos pasando, los miedos, la diversión, en cómo todo esto afectó al planeta. Un proyecto que me vino muy bien, porque fue mi forma de escaparle a esta realidad tan extraña, y que se complementa con videos que grabé y filmé en casa con los recursos que tengo a mano.

 –Cómo músico, ¿qué es lo que más extrañas de aquella “normalidad”?

-El contacto con otros músicos, tocar, ensayar, hacer shows. Si bien mi vida como compositor tiene eso de cosa aislada, de pasarme ocho horas en mi escritorio, como en una pequeña cuarentena, toda esa otra faceta del trabajo con otros colegas se extraña bastante, más allá de los amigos y los encuentros sociales.

–Los recitales vía streaming ganan terreno vertiginosamente, más como una respuesta a la difícil situación económica que a una real necesidad artística. ¿Qué te sugieren? ¿Llegaron para quedarse?

-La verdad es que no disfruto demasiado del streaming, en vez de eso prefiero ver un concierto de Nine Nails (la banda estadounidense de rock industrial liderada por Trent Reznor), que suelen tener un gran nivel de grabación. Sin embargo, creo que el streaming es la forma que encuentra el artista para no caer en el olvido y poder contactarse otra vez con los fans y su audiencia. Me parece que en un punto es necesario, quedará instalado como una herramienta más que se va a complementar con el show en vivo y seguirá creciendo. He visto algunos muy interesantes desde el concepto y pueden despertar alguna faceta creativa a tener en cuenta.

–Clases de arte en modo virtual, a través de un parlante y un monitor. ¿Cuánto se pierde y cuánto se gana?

-Salvo alguna master class nunca he dado clases, pero en la cuarentena surgió la necesidad de armar mi primer taller, o algo así, donde compongo en tiempo real (los anuncia en su Instagram @nicosorin). A esta altura uno tiene acceso a toda la información a través de Internet, libros, teoría, pero estaba faltando eso, mostrar el proceso creativo. Unas dos horas, aproximadamente, de componer en vivo sin saber bien lo que ocurrirá, mostrando el proceso en tiempo real, charlando. Es una especie de experimento donde lo que importa no es cómo queda la música, sino cómo funciona el doloroso pero gratificante proceso de componer. Se trata de sentarse con la hoja en blanco, vino en mano, ver qué pasa y terminar las dos horas con algo escrito. Con algunos artistas me encantaría ver cómo trabajan. De verdad que me pareció muy positivo y productivo, y está bueno porque es algo diferente, pensar en voz alta. Bueno, esto es algo que le debo a la pandemia.

–En estos tiempos y fuera de lo artístico, ¿descubriste alguna virtud oculta o hobby? ¿O tal vez apareció alguna faceta de tu forma de ser que no te gustó?

-Me llevo más cosas buenas que malas. En lo personal me unió mucho a mi familia, el hecho de estar tanto tiempo en casa, sin giras, al igual que mi mujer. La estamos pasando bastante bien. Obviamente, Julián, que tiene 5 años, necesita ver a sus amigos, pero estamos tratando nosotros de complementar esa falencia. Nos hizo bien como grupo familiar. A veces, con la velocidad del día a día de la “normalidad”, nos olvidamos de las cosas realmente importantes. Hobbies casi no hubo, me dediqué a la música, me metí a estudiar programación de luces y cuando toco una nota en el teclado se dispara determinada luz, distintos efectos, voy combinando colores. Sí le pude dar bastante más a la cocina. Si no fuera por la música, me hubiera dedicado a cocinar, es algo que disfruto mucho.

¿Qué estuviste escuchando durante este tiempo de aislamiento? ¿Algún descubrimiento o reafirmación para compartir/sugerir?

-En su momento, cuando estudiaba, tuve una intoxicación de música y hace varios años que casi no escucho música. Asique aprovecho los momentos de la oreja cuando está limpia y perceptiva para trabajar, y después trato de leer un libro o ver una película.

-¿Contribuye este tiempo de aislamiento para pensarte como artista?

-Sí, creo que da mucho tiempo para pensar y cambiar los paradigmas. Creo que un artista debe estar en constante movimiento y evolución, y este tiempo fue realmente un batacazo contra esa necesidad. Entonces me dije: Estoy en esta situación y tengo estos elementos y herramientas. Ok, cómo puedo plasmar todo eso en algo. Así surgió el tema de las luces, cómo puedo usar mi estudio como un gran laboratorio. Proyectos que no hubiese tenido tiempo de hacer en otro momento, estudiando otras ramas y reflexionando a nivel personal qué es lo que quiero contar. En ese sentido he descubierto varias cuestiones interesantes que me gustaría seguir desarrollando.

-Para cuando estemos en la “nueva” normalidad, ¿habremos sabido aprovechar este cimbronazo para convertirnos en una sociedad un poco mejor?

-Ojalá que sí. Está claro que es una situación muy mala en muchos aspectos y que no es broma. Sin embargo, si como sociedad logramos entender que durante mucho tiempo tuvimos las cosas muy servidas, y si logramos apreciar lo que ahora nos cuestan cosas tan simples como ir un jardín y que te llega un rayo de sol… Ojalá no nos olvidemos tan rápidamente de esas cosas “chiquitas” que hemos perdido, porque estamos ante la gran posibilidad de aprender una gran lección.