Artistas en cuarentena: ocho preguntas para conocer un poco más a nuestros creadores

En 1993 dejó de ejercer como contadora pública nacional y la literatura se lo agradece. Es que desde hace muchos años, Claudia Piñeiro es una de las escritoras más reconocidas del país y de las más vendidas en el mercado hispano. En 2005 ganó el Premio Clarín-Alfaguara por su novela Las viudas de los jueves, que fue llevada al cine por Marcelo Piñeyro. Lo mismo sucedió con Betibú, que llegó a la pantalla grande con el mismo nombre y bajo la dirección de Miguel Cohan. Por Las grietas de Jara (2009) ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz. Antes, en 2007 publicó Elena sabe, ganadora en Alemania del premio LiBerture (2010), y en 2005 fue el turno de Tuya, que había sido finalista del premio Planeta 2003. Sus últimos trabajos son las novelas Un comunista en calzoncillos (2013), Una suerte pequeña (2015) y Las maldiciones (Alfaguara, 2017), y el libro de cuentos Quién no (2018). El más reciente se titula Catedrales (2020), una novela coral y tinte policial, en el que aparecen un femicidio, la Iglesia y un aborto clandestino.

Claudia nació en Burzaco, en 1960, también es guionista, dramaturga, trabajó en medios gráficos y se la reconoce como una ferviente activista por los derechos de las mujeres y referente de la lucha por la legalización del aborto. Las copas de los árboles del Jardín Botánico asoman por su balcón y su biblioteca está ordenada por orden alfabético y por género: ficción, no ficción, teatro, ejemplares con firma del autor. El libro que más recuerda que leyó de chica es Chico Carlo, de Juana de Ibarbourou, le hubiera gustado escribir El Buenos Aires Affair, de Manuel Puig (o cualquier otro de él), suele escuchar canciones de Nina Simone, y podría vivir en Colonia del Sacramento o Montevideo, y también en Madrid.

Además, Claudia es parte del jurado de la XIV edición del Premio Municipal de Literatura Manuel Mujica Láinez, de la Subsecretaría General de Cultura de San Isidro, dirigido al cuento, internacional, con inscripción gratuita y cierre de la misma el sábado 4 de julio.

-¿El momento tan especial que estamos atravesando impulsa o desactiva tu faceta creativa?

Seguí escribiendo textos que me pedían para diarios y medios gráficos del país y del exterior, pero sobre la pandemia. No me pude enganchar a escribir ficción, excepto en una sola oportunidad y por un pedido puntual que me llegó de afuera para hacer un cuento colectivo. Es difícil establecer si la cuarentena aumenta o reduce las capacidades creativas. Lo cierto es que lo mismo que me ocurre con la escritura me pasa con la lectura. Me enganché con leer ensayos, poesía o textos autobiográficos, y no tanto ficción. De algún modo, eso fue cambiando en medio de la cuarentena, pero al principio no podía conectar para nada con la ficción, ni en la escritura ni en la lectura.

-¿Surgió algún texto literario, ensayo o relato durante la cuarentena? De no ser así, ¿qué tipo de obra te gustaría comenzar a plasmar en estos momentos? ¿Formatos, contenidos?

-Surgieron muchos textos de crónicas, diarios y ensayos para distintos medios, pero de ficción, como dije, me costó mucho, salvo ese texto que mencioné, el cuento colectivo, que me pidieron desde Alemania y para el que fuimos convocados autores de distintas partes del mundo, un ucraniano, un etíope y otros. Somos ocho, en total, que vamos completando el mismo cuento, arranca uno y sigue otro. Me llegaron las traducciones al inglés de los textos escritos por los anteriores y, como era la anteúltima, mi texto debía ir encaminándose hacia la conclusión de la historia. Fue el único texto de ficción que hice en cuarentena. Hoy me cuesta imaginar un mundo real posible en el cual tengan que desarrollarse mis personajes. En el caso del cuento colectivo, como la propuesta fue continuar los pasos iniciados por otros, me resultó más sencillo.

-¿Algún libro, película, canción, pintura u hecho artístico que sintetice o nos pueda ayudar a comprender (transitar) este momento?

Me acompañaron mucho los relatos autobiográficos, del tipo de los que escribe Natalia Ginzburg en Léxico familiar o en Las pequeñas virtudes o lo que escribe Clarice Lispector en Descubrimientos, o un libro como el de Anne Carson, Tipos de agua. El camino de Santiago. Son libros que no están hablando de una cuarentena ni de una pandemia. Están hablando de sus vidas, de sus momentos, de sus conflictos y de lo que les pasó en determinados momentos, y muchas de esas reflexiones son aplicables a la pandemia. A mí me resultó mucho más empático, mucho más agradable y me aportó mucho más a la reflexión este tipo de textos que no eran necesariamente sobre la pandemia, que textos que hablaban de un mundo distópico o de una situación parecida a la que estamos pasando. Preferí textos que reflejan otro tipo de conflictos, que no necesariamente tienen que ver, por ejemplo, con un virus o un mundo que se detiene a ver qué pasa, pero en los que también se encuentran y descubren relaciones que se pueden establecer con este presente.

-Museos virtuales, cine virtual, galerías de arte virtuales, recitales virtuales, teatro virtual, ferias de libros virtuales, pantallas de por medio ¿Qué te sugiere?

La virtualidad que desarrollamos quienes hemos producido o consumido material de manera virtual es una gran enseñanza para que cuando pase todo esto tomemos lo que nos sirvió y lo sigamos aplicando. Hay muchas cosas que lógicamente vamos a querer hacer de nuevo, como reunirnos, estar juntos en lugares comunes, pero en este tiempo hemos aprendido virtualmente y muy bien otras cosas. Hubo festivales, por ejemplo, en los cuales nos terminamos juntando en forma virtual escritores de distintas partes del mundo que de ningún modo hubiéramos podido viajar todos a ese encuentro, ya sea por cuestiones de costos, presupuesto o de agendas personales. Sin embargo, en la virtualidad nos terminamos reuniendo y pudimos dialogar. Esas iniciativas virtuales no reemplazan el encuentro real, porque nunca se hubieran dado esos encuentros. Bueno, esas cuestiones son las que no deberíamos perder para cuando sea la nueva normalidad. Habrá que aplicar un poco de todo lo que aprendimos de este curso acelerado de virtualidad que estamos atravesando.

-En las redes sociales surgió infinidad de material artístico y literario que toma la pandemia y la cuarentena como eje central, desde concursos literarios y de dramaturgia hasta muestras de artes plásticas. ¿Le prestás interés a esa movida?

Le presté mucha atención a casi todo lo que apareció. Digo casi todo porque realmente fue monumental la cantidad de material que apareció, y uno no puede prenderse en todas las redes, los Zoom, en todos los Facebook Live o Instagram Live. Fue algo que empezó de a poco con algunos que leían textos en Instagram o en la red social que sea y luego fueron apareciendo cada vez más cosas y voces con más contenido y más sofisticadas. Había y hay muchísimo material para elegir, de muy buena calidad y para todos los gustos. Me parece que estas iniciativas ayudan muchísimo para acompañar en esta cuarentena. Realmente presto mucha atención a todo eso y participé no sólo produciendo contenido, sino también como público.

-¿Tu lugar favorito en estos días en tu casa?

La mesa del living, que es la más grande y la que tiene ventanal con mejor luz para desplegar libros sobre ella y trabajar, sin perder de vista el balcón y aquello que quedó fuera.

-¿Este tiempo contribuyó a pensarte como escritora?

Contribuyó a pensarme en todos los aspectos, no sólo como escritora. Pero sobre todo a pensarme y pensarnos con respecto al otro, a tomar consciencia de la gran desigualdad en la que vivimos, en una sociedad en la que algunos tenemos agua para lavarnos las manos, como pide el protocolo para prevenir el Covid, y otros no.

-¿De esta pandemia saldrá una sociedad peor, igual o mejor?

No lo sé. Quisiera responder que sí, pero no estoy tan segura. Veo demasiada gente preocupada por volver a la normalidad anterior. Y eso no implicaría hacerse cargo de las desigualdades sociales. Tengo mis dudas, aunque también guardo una esperanza.