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“TOMAMOS CONCIENCIA DE NUESTROS DERECHOS Y YA NO CAMINAMOS SOLAS”

En Primera Persona: cofundadora y directora de la asociación civil Sportivo La Cava

Jessica Medina: “Tomamos conciencia de nuestros derechos y ya no caminamos solas, todas vienen detrás”

Detrás del arco que mira hacia Tomkinson está la sede, con su pequeño salón, oficina y baño. La cancha de fútbol es la del barrio La Cava, en Beccar, y la sede es la del Sportivo La Cava, una asociación civil que nació del esfuerzo de muchos vecinos y tiene en Jessica Medina, de 31 años, a su motor principal. Incansable, solidaria, de pensar y proyectar, pero también de hacer, de poner en marcha y luchar.

La sede se construyó sobre la sencilla casa de sus padres, en la que se crió junto con sus tres hermanos. Un barrio que Jessica dejó hace dos años para alquilar con mucho esfuerzo una habitación en Tigre. Pero ella, en realidad, nunca se fue de La Cava, que conoce, sufre y ama, con sus defectos, virtudes y potencialidades.

“Es un salón de 6 por 4 metros, multiuso, que muta taller tras taller. Los martes, cuando tenemos ajedrez, se arman los tablones con los bancos y las sillas, y los miércoles, con Danzacuentos, hay que desarmar todo y poner los bloques de goma Eva para que los nenes puedan bailar. Jugamos al tetris todos los días”.

JESSICA MEDINA, cofundadora y directora de la asociación civil Sportivo La Cava.

Jessica es locuaz. Arranca y no para, derrocha entusiasmo. Así habla de los programas Ajedrez y Danzacuentos, que lleva adelante desde hace tres años con la Subsecretaría General de Cultura de San Isidro, en el marco del programa municipal “De pies a cabeza”, que en distintos barrios y dirigido a niños y jóvenes de entre 3 y 17 años tiende puentes y despierta intereses imaginando y bailando, pensando y moviendo peones y alfiles.

“Empezamos con la asociación hace 11 años, cuando yo tenía 19, y fuimos creciendo a la par de las necesidades del barrio. Al principio hacíamos solo fútbol masculino, pero había un montón de chicos que se quedaban afuera, no a todos les gusta ese deporte. Con ajedrez empezamos con 15 chicos, desde los seis años, y en poco tiempo doblamos ese número. Incluso tenemos chicos con distintas discapacidades, dislexia, autismo, retraso madurativo, y el resultado fue excelente”, asegura Jessica, que también impulsó a las chicas del barrio a correr detrás de la pelota de fútbol en una cancha que era dominio exclusivo de ellos.

Más concentración, más disciplina en las tareas escolares, más ganas de ser parte y de sociabilizar. “El ajedrez ordenó sus vidas. Obviamente, mucho tuvo que ver la continuidad del programa, el propio espacio y la capacidad del tallerista, Marcos Chotsourian, que el año pasado y en plena cuarentena armó un grupo de WhatsApp para que los chicos puedan seguir tomando clases y jugando torneos. El ajedrez fue una gran herramienta de transformación”.

“El ajedrez fue una gran herramienta de transformación”.

Jessica regresa a la vital importancia del espacio concebido como las cuatro paredes, la contención física, la del ladrillo. Reconoce el trabajo de otras entidades, como Casa de Galilea y Manos de la Cava, pero aclara que en el centro, en la zona de la canchita, que define como el punto neurálgico del barrio, no había nada.

“Acá, en general, nadie se cruza de sector, cada uno se mueve en su propio espacio, y en el centro no teníamos nada. Al inicio sacábamos los tablones a la cancha para hacer las actividades, con frío, con sol, con lluvia”, recuerda Jessica, que hace varios años fue convocada por la prestigiosa diseñadora María Cher para ser parte de Mujeres que Inspiran, en La Rural, un evento que le abrió puertas, esperanzas y acceso a recursos económicos para invertir en los ladrillos. Así se levantó la sede.

Hoy, esta gestora social sigue soñando y ya tiene los planos para sumar 40 metros cuadrados sobre el actual salón y de material sustentable. Un proyecto que solo pudo parar la cuarentena y que aspira a continuar este año.

“Es súper importante transmitirle a los vecinos que no solamente podemos construir con ladrillos, que son pesados, generan calor, frío, humedad. También lo podemos hacer con material sustentable y noble con el medio ambiente”.

-De Danzacuentos, ¿qué nos podés de decir?

No es difícil adivinar la sonrisa del otro lado de la línea telefónica cuando habla de los 15 chicos, de entre 3 y 5 años, que son parte del taller, y de la docente a cargo, Aluminé Manteca Acosta.

“Desde la primera reunión con Alu supimos que la actividad no iba a ser solo diversión, sino que las emociones también iban a tener mucho que ver. Conectar a los chicos con las emociones propias y ajenas, y brindar mucho amor y contención a las familias, algunas de las cuales tienen nueve o diez hijos. Eso buscamos –afirma-, un espacio de sonrisas y abrazos”.

Una propuesta de danza y baile, y también de imaginación. “Alu llevaba música e invitaba a los chicos a abrir su imaginación. De repente, todos hacían un trencito y estaban cruzando el Amazonas descalzos, y se veían tucanes, monos y otros animales. Luego pasaban a un avión y los hacía mirar el cielo, los planetas, las estrellas, los cometas. Danzacuentos y Ajedrez nos abrieron la cabeza. Teníamos actividades más relacionadas con jóvenes y adultos, y ahora advertimos la importancia de empezar desde abajo. Ahí empieza el cambio. A los chicos les costaba expresarse, no encontraban la manera de comunicarse, y hoy están más estimulados, tienen su lugar de pertenencia”, asegura. Y sigue: “Danzacuentos unió muchísimo a las madres. Había nenes que llegaban al taller con mil berrinches y al dibujar o bailar les cambiaba el humor y la perspectiva. Es un taller que les suma herramientas a las mamás y que, de algún modo, transmite un método o una forma más amorosa de crianza”.

Cerca de 60 familias están vinculadas, de una forma u otra, con las actividades del Sportivo, motorizado por diez voluntarios, la mitad del barrio y el resto “de afuera y profesionales”, como dice Jessica. Un grupo heterogéneo que empuja para adelante y mueve el tetris todo el tiempo, del taller Ciclisidad, con una terapista menstrual que habla de métodos anticonceptivos, ciclos menstruales, y les enseña a las jóvenes a reconocer cuándo están ovulando o menstruando, al de Artesanía Autosustentable, que junta botellas del barrio para ser cortadas y convertidas luego en vasos y floreros. También funciona el taller de Artesanía con Madera, que recibe del Mercado de Abasto de Beccar, a modo de donación, cajones de verdura con los que fabrican posapavas, marcos para fotos, lapiceros.

“En el taller de Percusión los nenes crearon su propia canción sobre los derechos de los niños junto con un rapero y Gonzalo Vázquez, y en el de batucada, BatuCava, por medio de rifas pudimos comprar el año pasado los instrumentos para cada uno de los chicos”, expresa entusiasmada la cofundadora, directora y también tallerista, que ya está planificando la vuelta de las actividades presenciales tras un año muy complejo.

Tan complejo que los llevó a organizar una entrega de alimentos cada 15 días entre las familias del barrio. “Quisimos reinventar un poco el tema del bolsón de mercadería y brindar no solo alimentos sanos y nutritivos, sino nuevas opciones. Al principio los nenes nos decían que no les gustaban las lentejas, entonces, en las Charlas de Alimentación Saludable les enseñamos a las mamás a hacer hamburguesas de lentejas que quedaron riquísimas y hoy forman parte de lo cotidiano en esas familias”.

Jessica acaba de terminar una capacitación en Gestión Cultural y Administración para ONGs. Antes había intentado estudiar Trabajo Social, pero no le dieron ni los tiempos ni el dinero por la distancia con la casa de estudios, en San Miguel. Luego recibió una beca de la institución Holos para estudiar counselling y sobrevino lo peor. Violencia de género y pérdida del embarazo. Un golpe tremendo que seguramente sobrellevó pensando en la historia de su papá Leonardo (51), que nació en el barrio, y en la de su mamá Silvia (46), que hasta los 15 años vivió en Victoria para luego instalarse, con ella dentro de la panza, en el barrio en el que luego nacerían sus hermanos Sol (30), Ezequiel (27) y Erik (25).

“Una historia de amor y superación”, define Jessica, que hoy se dedica a la cosmética natural, ése es su sustento. Hace velas de cera de soja, pasta de dientes naturales, desodorantes. También cuenta que es soltera, sin hijos, que se siente feliz y que sueña con viajar a París con su equipo para completar el intercambio con la asociación francesa OMJA, que en febrero de visitó el barrio, los capacitó en deportes y organización de ONGs, y también dejó huella en murales que crecieron de la mano de ambas entidades.

-¿Por qué te interesa cambiar la realidad del barrio?

-Me encanta el barrio, la comunidad, la solidaridad, pero no estaba conforme con mi realidad, no es nada fácil nacer en un barrio así. Gracias a Dios, nunca ni mi familia ni yo pasamos hambre, pero mis vecinos sí. También perdí un montón de amigos por las drogas y las adicciones, y también los perdí por tiros, como un chico de 17 años (prefiere reservarse el nombre) que jugaba al fútbol. Era uno de nuestros jugadores. Fue por una bala perdida, pero una bala perdida que alguien disparó. Naturalizamos la violencia y la discriminación… Yo empecé a trabajar a los 15 años, pero miles de veces me rechazaron por mi DNI, por la dirección de mi documento, y terminás trabajando de limpieza. Todo eso y el pensar en darles a los chicos una herramienta de futuro, una posibilidad de crecimiento, me empujó y me sigue empujando”.

De lunes a lunes se trabaja en el Sportivo, que también tiene el taller Descubriendo las cosas que me hacen más fuerte, dirigido a niños (y sus familias) que sufrieron discriminación o bullying en el barrio o en la escuela.

De eso se trata en el día a día de esta asociación, de descubrir y potenciar las cosas que los hacen más fuertes.

“Siento que nuestro espacio nos está transmitiendo que todos somos capaces de transformar nuestra realidad. Así fueron cayendo esos velos y miedos de nunca llegar a ser alguien, porque te toca trabajar más de lo que vivís. Podemos y tenemos derecho a participar de un taller de ajedrez o de Danzacuentos. Acá no todo es la esquina. Nos quejamos de los pibes que están en la esquina, pero si no ofrecemos otras alternativas… Estos talleres le ofrecen a los más chicos y jóvenes la posibilidad de elegir, de ser alguien el día de mañana”.

-¿Cómo te imaginas la situación de la mujer cuando seas abuela?

-Ocupando más y más espacios, más unidas y comprometidas. Vamos a ser libres, sin importar si llevamos un jean o una pollera corta. Soy optimista cuando me pongo a pensar que yo sola no hubiese podido ni loca armar todo esto. El otro día estaba en una reunión de la asociación y, de repente, me di cuenta de que éramos siete mujeres y tres hombres. Y pensé: Guau, algo está pasando.

-¿Cómo fue crecer como mujer en el barrio?

-Difícil, muy difícil. Es una lucha constante por nuestros derechos, por una vida digna y rodeada por un machismo naturalizado en muchos ambientes. Un millón de veces cuando salía a la cancha a dirigir los partidos de fútbol me mandaron a lavar los platos o ibas por un pasillo y te silbaban y gritaban de todo. Acá y en todos lados. Pero conservo esperanzas. Hoy ya no es tan simple. Tomamos conciencia de nuestros derechos y no caminamos solas, todas vienen detrás. Falta mucho, pero estamos despiertas.

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